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Exposición de pintura.
Lugar: Centro Cultural Provincial. Ollerías, s/n. Málaga.
Fecha: Del 30 de noviembre al 11 de enero de 2002.
Horario: Lunes a sábado, de 11 a 14 y de 17 a 20
h.
Sin tiempo para contemplaciones
Quisiera iniciar este recorrido, que se propone como un deslizamiento más que como un adentramiento, a través de las lecciones de estatuas pintadas por Rafael Alvarado restituyendo el sentido original de la palabra «figura». Su significado más propio cuando la utilizamos a propósito de las artes plásticas refiere a la representación de un ser vivo y, de forma aún más precisa, a un ser humano. Es la noción con la que se designa el motivo del retrato (los tratados dedicados a este género fueron titulados a la manera de «tratados sobre la figura») y la que da nombre a la imagen del cuerpo humano como elemento requerido para el ennoblecimiento de las composiciones paisajísticas (con anterioridad a la gozosa «autonomía» del género hacia mediados del siglo XIX). Parece entonces claro que los objetos, dotados de «formas», quedaban excluidos del universo comprendido por la figura (representación, como digo, del ser vivo y, más justamente, del cuerpo humano provisto de rostro). Una de las implicaciones más relevantes de esta definición es la que consiste en la vigencia moderna de una correspondencia entre el protagonismo de la figura humana y una episteme de la representación de carácter marcadamente antropomórfico. Así ha sido desde la invención del espacio pictural renacentista. Si en aquel tiempo el ojo del artista se dotó de los medios para apropiarse de la posición de privilegio que venía ocupando -durante el largo Medievo- el ojo divino, esto supuso la elaboración de procedimientos poiéticos capaces de hacer del mundo el término de la mirada humana.
La pintura moderna, nacida entonces, se ha venido sosteniendo en la necesidad de someter el mundo a la medida horizontal de lo humano. La pintura, el medio expresivo que con mayor versatilidad marca el rumbo a lo largo del trayecto artístico de los últimos siglos, ha sido en este tiempo un recurso no sólo estético, sino cognoscitivo, ideológico, cultural, para acomodar el mundo al ojo humano. (En una carta fechada en 1764, escribe Spinoza: «...quien diga que Dios creó el mundo para ser bello debe afirmar una de dos alternativas, a saber: o que Dios hizo el mundo para acomodarlo al deseo y los ojos de los hombres, o el deseo y los ojos de los hombres para acomodarlos al mundo...»). De este modo, la representación del objeto deberá cumplir la exigencia de complacer al sujeto. El objeto, quedando reducido a motivo de representación en la configuración logocéntrica del sentido, es circunscrito a su uso y a su significado. La historia moderna de la pintura es la historia de la representación del objeto dirigida contra la propia extrañeza del objeto, su naturaleza inerte de inquietante inhumanidad. La historia de la pintura es la historia por la que, a través de la «antropomorfización» del objeto, hecho éste representación, nos damos la ilusión de poseer el mundo.
Luis Puelles Romero (Fragmento del texto del catálogo)
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